La agonía de Google+

La convención anual de Google, celebrada en San Francisco, ha servido al menos para una cosa: para certificar el fracaso de Google+ en su pretensión de convertirse en la alternativa de Facebook en el juego de tronos de las redes sociales.

Oficialmente, la plataforma social de Google no deja de ganar usuarios y contaba con unos trescientos millones en enero pasado, según la agencia de análisis de medios We Are Social. Esos trescientos millones la situarían por delante de LindedIn, Twitter o Tumblr, por ejemplo, en cifra de usuarios, un dato que contrasta significativamente con su verdadera penetración pública, con su influencia en el ámbito de los medios sociales.

Facebook y Twitter, ganan por goleada a Google+ en repercusión social, relevancia pública y eco mediático. Cada vez es más frecuente encontrar titulares periodísticos a propósito de un tuit o de un mensaje en Facebook, algo que no sucede con la plataforma de la gran G.  Pero, sobre todo, Facebook y Twitter (y cada vez más Instagram y Tumblr) son muy superiores a Google+ en lo más importante: la fidelización de sus usuarios, el famoso “engagement”, que en medios sociales puede traducirse por una especie de afecto por la plataforma, el cariño con el que el tuitero o el instagramero se refiere a su propio perfil o al de aquellos a quienes sigue. Un cariño mucho más difícil de apreciar en los usuarios de Google+.

Quizá el hecho de que Google+ sea una plataforma de obligada suscripción no favorezca la generación espontánea del “afecto” de sus usuarios. Tampoco creo que le haya beneficiado mucho ese concepto fundacional de constituirse en red social-profesional, articulada en torno a unos círculos que la gente no termina de entender.

Google+ ha muerto. Aunque se le augura una larga agonía porque su padre podrá pagarle los mejores cuidados paliativos.

 

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No podéis entrar (malditos cotillas)

Seeing My World Through a Keyhole by Kate Ter Haar (CC BY)

No. Esta entrada no aborda el gravísimo problema de la restricción del acceso a los locales de moda un sábado por la noche. Ya saben. El fenómeno sociológico del portero de discoteca que permite o prohíbe el acceso fundamentándose en argumentos tan trascendentes como el color de un par de calcetines. En este blog hablamos de comunicación, una cosa muy seria. Muy alejada del ambiente gansteril y facineroso de los bajos fondos. La comunicación es una actividad constitucionalmente consagrada sobre la que se ha cimentado el Estado de Derecho y que garantiza… bla, bla, bla, bla. Bla.

Eso es lo que determinados responsables políticos creen que hacen los periodistas. Más alto o más bajito, pero bla, al fin y al cabo.  Por eso pueden erigirse en porteros de discoteca para permitir o prohibir el acceso de los periodistas a una rueda de prensa en función de espurios intereses políticos o de simple incomodidad. “Sólo gráficos”, indican en sus profilácticas convocatorias de prensa. Una frase, “sólo gráficos”, con un claro mensaje subyacente: ¡No podéis entrar, malditos cotillas! El denigrante “sólo gráficos” es una coletilla cada vez más frecuente en las convocatorias informativas de distintas administraciones públicas.

A sus responsables habría que recordarles que el derecho a la información es un derecho fundamental, reconocido en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, en España, en el 20 de la Constitución. Y el derecho a la información no es una prerrogativa de los periodistas, esos malditos cotillas, sino de los ciudadanos.  Los ciudadanos son el sujeto universal de este derecho fundamental, sus beneficiarios. En este proceso, al periodista le corresponde un doble papel. A su condición de sujeto universal del derecho a la información -en tanto que ser humano-, añade su capacitación para el ejercicio de la actividad informativa.

Este sagrado deber es el que justifica su presencia en cualquier convocatoria de interés público. No se engañen, señores responsables políticos. Muchos informadores preferirían estar en su casa leyendo un buen libro antes que escuchar sus mensajes, prescindibles en la mayoría de las ocasiones. Pero todavía hay muchos periodistas que sienten un deber moral con la profesión y valoran su papel como garantes del sagrado derecho a la información de los ciudadanos. No son unos malditos cotillas. Sólo son profesionales. De una de las más dignas profesiones.


 

Imagen Seeing My World Through a Keyhole by Kate Ter Haar (CC BY)